filosofía


      Es curioso cuando nos imaginamos el futuro lo difícil que nos resulta acertar. Es por ello que imaginaciones como la de Julio Verne tienen tanto valor. Comento esto porque yo soy bastante aficionado a las películas de ciencia ficción y me fijo que en algunas rodadas hace 20 años y ambientadas dentro de 100 los personajes hablan de cintas de casette, de la rivalidad USA-URSS o de ordenadores gigantescos, cosas que a nuestros hijos les sonarán a chino. Uno de los aspectos más curiosos de las películas ambientadas en el futuro estriba en la vestimenta, da la impresión viéndolas que caminamos hacia una uniformidad en el vestir que el tiempo se empeña en desmentir.     

       Y es que el mundo avanza muy veloz y en concreto en el tema de las telecomunicaciones palabras tan novedosas para nuestros padres y que marcaron nuestra infancia/adolescencia como spectrum, videos beta, lenguajes basic, cobol y pascal, programas de televisión que no eran en blanco y negro, teléfonos inalámbricos, mandos a distancia etc. serán desconocidas o estarán superadísimas para nuestros hijos. Nosotros mismos nos vemos metidos en esta vorágine que nos hace impensable el prescindir de objetos que ni conocíamos en nuestra adolescencia como el PC, internet, el móvil…¿alguien se acuerda de cuando no usaba el móvil tras esperar 5 minutos en una cita para llamar al que se retrasaba o de trabajar en una oficina sin correo electrónico o sin internet o de hacer zapping sólo entre la 1 y la 2 y levantándose del sofá para cambiar el canal?     

       ¿Cómo nos sentiremos cuando les contemos a nuestros hijos que la televisión de nuestra infancia eran 2 cadenas con la mayoría de programas en blanco y negro y que no emitía ni por las mañanas ni de madrugada y que incluso cerrada por las tardes? Es evidente que al decirles algo así como que nos sentimos como el “abuelo Cebolleta” y aún nos sentiremos más viejos pues no tendrán ni idea de este personaje de tebeo. Hace unos meses un chaval de unos 12 años me preguntó viendo un teléfono de hace 30 años que para qué servía ese círculo con números que había en la base del auricular…     

    Y yo me pregunto, ¿seremos capaces de imaginar el futuro?

   Para mí lo más triste de la Historia, sobre todo de la más reciente, es comprobar cómo se suceden conflictos con muertes y destrucción que no sirven para nada. Es fácil decir que los soldados que murieron luchando contra Hitler murieron por algún motivo pero qué se puede decir de los que murieron en tantos otros hechos bélicos que el tiempo demostró como inútiles. ¿Qué cambió en el mundo la guerra de Vietnam ahora que el país vuelve al capitalismo o la primera guerra del golfo que para lo único que sirvió fue para que hubiera una segunda? Son sólo dos ejemplos pero creo que, con todo, las guerras más absurdas han sido las provocadas por los nacionalismos:
  ¿Cuánto dolor provocó la guerra de Argelia por conseguir su independencia de Francia? Es incontable y años después la inmensa mayoría de los argelinos sueñan con ser europeos…

  ¿No vivirían mejor los cubanos si tras vencer a los españoles no se hubieran independizado y, como Puerto Rico, se hubieran quedado dentro de los USA?

   Y no digamos nada de las Filipinas… ¿Qué serían ahora si fueran un estado asociado a USA en vez de empeñarse en la independencia? 
   Y si nos vamos más para atrás, ¿Acaso Portugal no se hubiera desarrollado más si nunca se hubiera separado de España?

   Pero no aprendemos y seguimos insistiendo en crear fronteras, en establecer diferenciaciones que nos separan, en ser nacionalistas…¿Necesitaremos que vengas extraterrestres para sentirnos nacionalistas de la Humanidad?

     En los miles de años de historia de la raza humana la mayor parte de las generaciones han pertenecido a una sociedad de recolectores y cazadores y unas cuantas de agricultores. Sólo en los últimos siglos, con el desarrollo de lo que llamamos “civilizaciones”, el auge del comercio y el desarrollo industrial es cuando el mundo parece haberse acelerado.      

      Durante siglos la única sabiduría era la que los padres transmitían a sus hijos que a su vez pasaban a los suyos. En un universo sin cambios la tradición era todo lo necesario para sobrevivir, no había motivos para sospechar que un padre o un abuelo no tuvieran la razón y de hecho, las personas consideradas más sabias eran las más ancianas pues la duración vital era la mayor expresión cultural.     
       Poco a poco eso cambió -al menos en determinados segmentos de la sociedad- a partir del invento de la escritura, de la organización política, del comercio con otros pueblos…el saber empezaba a ser algo nuevo, algo que podía proceder de otro sitio que no fuera la familia o la tribu. Como he dicho esa transformación no fue global ni ocurrió en todas las zonas geográficas e incluso tuvo pasos atrás como ocurrió en gran parte de Europa tras la caída del Imperio Romano pero a partir de la Revolución Industrial se globalizó y no ha habido desde entonces pasos atrás.    

        Cada generación sabe más que la anterior, desarrolla avances técnicos, médicos incluso sociales impensables unos años atrás y hay una transformación ética y moral que se va acelerando. A partir de la segunda mitad del siglo XX dicha velocidad nos está superando pues ya no es sólo que apenas nos reconocemos en nuestros abuelos, últimamente es que ni siquiera nos reconocemos en cómo éramos hace unos años en relación con la sociedad donde vivimos.
       Nuestros padres y/o abuelos vivieron una guerra civil, una dictadura, tuvieron problemas de nutrición, disponían de escasa ropa que usaban durante años, la higiene para ellos consistía en bañarse quizás cuatro o cinco veces al año pues no disponían de agua corriente (y cuando la tuvieron ya era raro hacerlo una vez a la semana) y tardaban meses en viajar a otro continente…por decir cuatro cosas que se me vienen a la cabeza. Todo eso lo sabemos pero lo más llamativo para mi es que nosotros mismos, los que nacimos en la tercera parte del siglo XX, hemos visto cambiar tanto el mundo en tan pocos años que  yo a veces me sorprendo preguntándome cosas que de hecho he vivido.
      Me pregunto cómo podía trabajar en una oficina sin ordenador y lo he hecho. En 1992 me ficharon en una empresa en la que el que iba a ser mi jefe directo se extrañó mucho que pidiera uno. Que yo recuerde hasta 1997 o así no tuve Internet o correo electrónico y fue porque era jefe, tardó tiempo en popularizarse por toda la oficina. Y considero que por aquel entonces éramos pioneros. Pero ya no es sólo los avances técnicos, ¿Os acordáis cuando era tan caro comprar un viaje de avión sólo de ida que de ida y vuelta y, en general, lo caro que era volar en avión? ¿Y cuando el enemigo eran los rusos? ¿Y lo escandalosa que parecía la ley del divorcio? ¿Y la primera vez que se vieron desnudos en la televisión, y cuando sólo había dos canales que para colmo cerraban por la mañana, a media tarde y por la noche? ¿Y cuando el aceite de oliva y las legumbres engordaban y el pescado azul era considerado dañino? ¿Y cuando parecía un excelente negocio montar un videoclub?     

       No pretendo inundar este blog de nostalgia simplemente hacer una sencilla reflexión sobre la necesidad que tenemos de adaptarnos a los cambios: hace poco más de 15 años tan sólo no existían los móviles, cuando hablábamos de racismo pensábamos en los gitanos, la mili obligatoria quitaba el sueño a mucha gente, las iglesias se abarrotaban los domingos a mediodía y empezábamos a conocer productos europeos fruto de la reciente incorporación en la UE. Pero es que hace poco más de diez años que se murió la peseta, que nadie consideraba a los islamistas radicales como un peligro para nuestra seguridad y los que fumaban lo hacían prácticamente en cualquier lugar.     

       Si nos adaptamos más lentamente que lo que evoluciona la sociedad ya no sólo tendremos un conflicto generacional con nuestros hijos, es que ni siquiera seremos capaces de entender cómo pensábamos, actuábamos e incluso disfrutábamos de la vida una década atrás. La tradición puede que siga siendo un valor cultural pero es evidente que los que vienen tras nosotros tienen muchísimas más oportunidades para ser más sabios. Debemos aceptarlo.

      Recuerdo -hace años ya- que en el viaje de avión desde Pekín hasta Ámsterdam, volviendo con mi recién adoptada hija, en un determinado momento me dio por grabar en vídeo dentro del avión. En un momento dado enfoqué los televisores de los pasillos y me sorprendió que la imagen se veía distorsionada y no paraba de moverse arriba y abajo. Sin embargo, si apartaba mi ojo de la cámara de vídeo podía contemplarla perfectamente. Sé que es debido a la diferencia de frecuencia de ambas imágenes y que es lo mismo que ocurre cuando por la televisión a veces salen muy temblorosas las pantallas encendidas de los ordenadores. Pero me dio por reflexionar…    

        Pensé que a mi hija debía intentar inculcarla la idea de que a veces nos fiamos tanto de nuestra percepción que cuando algo nos parece incorrecto estamos absolutamente convencidos que la culpa es de lo que vemos y no de la forma en cómo lo vemos. En el avión lo primero que yo pensé es que el televisor emitía mal y sólo porque tuve la oportunidad de apartar mi mirada del objetivo me convencí que no había ningún problema. La vida no te ofrece a menudo la posibilidad de tener dos visiones diferentes de lo mismo y en apenas un segundo, normalmente nos centramos en nuestra “frecuencia” habitual y nos convencemos que es la correcta y, nuestro gran error, la única.      

       Y es que es nuestra forma de mirar, por encima de lo que vemos, es lo que nos lleva a juzgar. ¿Por qué –y esto lo saben bien los guionistas de películas de acción- siempre damos por hecho que el que tiene una cicatriz en la cara es el malvado? Tenemos demasiadas ideas preconcebidas y eso daña gravemente nuestra capacidad para entender lo que nos es ajeno y tolerarlo. Eso podemos aplicarlo a los grandes conflictos internacionales políticos y religiosos pero también a nuestra propia historia vital –sobre todo la sentimental- e incluso a lo más cotidiano: ¿Pensamos en la postura del jefe cuando queremos trabajar menos y ganar más, en la del dependiente cuando nos quejamos que una tienda esté cerrada cuando queremos comprar en ella, en la del alcalde que queremos resuelva todos los problemas cobrándonos menos impuestos…?            
    
      Hay miles de ejemplos y entiendo que no se puede vivir pensando constantemente en lo que al otro le afecta nuestra actitud diaria pero en los grandes problemas de la humanidad debemos aplicar la mayor tolerancia posible, informándonos de cómo los demás ven lo que nosotros vemos ya que sólo conociendo esa diferencia podremos evaluar correctamente si el camino es la tolerancia o la confrontación. Porque es evidente que la tolerancia debe tener un límite, no así la solidaridad.

      Todos debemos solidarizarnos activamente con quien está discriminado, eso es lo humano y no la tolerancia al 100% como algunos pretenden ya que debemos implicarnos en cambiar lo que está mal y la raza humana, proceda del país que sea, debe tener un mínimo de derechos que no debe variar ni por su sexo ni por su religión. Sobre esa base -tolerancia con el extraño pero solidaridad con el oprimido- debemos construir un mundo mejor, un mundo en el que nadie debe estar cruzado de brazos si en alguna parte del mundo una persona por ser mujer es considerada inferior, por poner un ejemplo fácilmente entendible.

            Tras la muerte del dictador Tito en 1980 la unidad ficticia de la República Federal Socialista de Yugoslavia se fue deshaciendo hasta que en 1991 se declararon independientes Eslovenia y Croacia. Esto desató varias guerras que incluyeron muchos frentes donde se mezcló nacionalismo y religión y presencia de los “cascos azules” internacionales como supervisores de diversas falsas treguas hasta el fin del conflicto armado –con auspicio internacional- a finales de 1995. Este fue el prolegómeno de los conflictos en Kosovo entre los independentistas albaneses y Serbia que se iniciaron en 1996 y acabaron en 1999 con la intervención de fuerzas de la OTAN, comandadas por los EUA, que destrozaron militarmente a las fuerzas serbias que poco antes habían demostrado una crueldad inusitada en su campaña de “limpieza étnica”. Los bombardeos de la OTAN duraron desde el 24 de marzo hasta el 10 de junio de 1999. Se usaron 1.000 aeronaves en 38.000 acciones de combate operando desde bases situadas en Italia y portaaviones en el Mar Adriático, además de numerosos misiles Tomahawk, los cuales eran lanzados desde aeronaves, barcos y submarinos.

            La sensación entonces –y tras más de una década- de aquella intervención militar internacional es que estuvo justificada para salvar la vida de cientos de miles de albaneses kosovares que corrían el riesgo de ser exterminados por Serbia. Es la última guerra que ha sucedido en Europa y como en las anteriores, tuvo que intervenir con toda su fuerza el presidente de los EUA, en este caso Clinton, para resolverla. ¿Por qué hizo falta la intervención norteamericana y de la OTAN y no resolvió el conflicto la ONU? El motivo está en el artículo 24-1 de la Carta de la ONU que dice que se transfiere al Consejo de Seguridad el poder de decidir las medidas que tomar para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacional. Como en dicho Consejo, tanto China como Rusia son miembros permanentes y es necesaria la unanimidad y al menos Rusia (aliado de Serbia) jamás iba a apoyar el uso de la fuerza, era impensable siquiera plantearlo, por lo que simplemente no se hizo. Tampoco fue legal la actitud de la OTAN, que establece en su artículo 5 que sólo tiene derecho a repeler agresiones contra estados miembros o aliados de la OTAN. Como todo el conflicto ocurre dentro de un mismo país, se puede afirmar que violaron el Derecho Internacional. Incluso Alemania se saltó su propia Constitución, que determina que su participación en conflictos bélicos sólo puede estar motivada por ataques a Alemania o a sus aliados.

            Por lo tanto, queda claro que la intervención militar extranjera en la salvación de la minoría albanesa de Kosovo de un posible exterminio por parte de Serbia fue ilegal. Y siéndolo, fue aceptada entonces por la mayoría de las naciones y de la opinión pública mundial. Y es que se consideró que los factores humanitarios estaban por encima de los legales, algo con lo que estoy de acuerdo: me interesa más la justicia que la legalidad.

            Ahora vayamos al caso de Irak, una guerra que hoy sabemos fue un gran error que demostró la falta de información y cultura de la Administración Bush y, en general, de la élite mundial: Ni había armas de destrucción masiva, ni había conexiones entre el laico Hussein y los islamistas radicales (más bien al contrario, estuvo 8 años peleando contra el régimen de los Ayatollahs) ni había un movimiento popular deseando derrocar al dictador salvo en la zona kurda. No existía la excusa del factor humanitario en este caso ya que Sadam no era peor que otros muchos dictadores que hay en el mundo y contra los que nadie actúa pero se intentó obtener el mismo éxito diplomático que en Yugoslavia pasando por encima de la ONU. La guerra en sí fue más sencilla de lo esperado, incluso a Aznar, que yo creo apoyó tanto a Bush con la sana intención de ganar peso internacional para España pero que nunca debió ignorar a la mayoría de la opinión pública, le podía salir la jugada perfecta: estar en el bando de los vencedores sin haber disparado un solo tiro (cuando llegaron los buques españoles sólo hacían falta para misiones humanitarias porque el conflicto bélico estaba resuelto). Y entonces la falta de cultura e información que comenté antes hizo lo demás y los EUA se han visto enfangados –va para 7 años- en una dura posguerra en la que han gastado más de 3 billones de $, ha provocado alianzas nuevas entre enemigos de Occidente y ha costado la vida de miles de soldados y centenares de miles de nativos.

Si comparamos con el caso yugoslavo, es como si hubiera ido un ejército extranjero a derrocar a Tito antes de su muerte y se enfrentara como fuerza opresora a las tensiones entre serbios y croatas o entre musulmanes y cristianos…eso es lo que está viviendo el ejército de los EUA en Irak: primero el derrocamiento del líder cohesionador, al que se tarda mucho en encontrar y hubo que ejecutar para que no sirviera como referencia, intentar que convivan en paz suníes, chiíes y kurdos a pesar de las décadas de enfrentamientos y luego el intento de exportar la democracia a un país que no la conoce y con la que no se siente identificada. Todo esto, repito, como fuerza opresora, y con continuos atentados que bordean la guerra civil y que frenan cualquier avance económico y social. Un error en toda regla.

Eso sí, una vez cometido el error (P – Todos se equivocaron con Irak ), y siendo el contribuyente y el soldado norteamericano el que está arriesgando su bienestar, egoístamente, prefiero que consigan un gobierno amigo de Occidente con una base democrática y de respeto a los derechos humanos, que el que haya un dictador megalómano como era Sadam. Pero es que también preferiría que hicieran lo mismo en Birmania o en Somalia. Repito, egoístamente, mientras los sacrificios los hagan otros, a preferir lo tengo claro pero lo que no entiendo es que la ciudadanía de los EUA (y mucho menos la británica) puedan apoyar que estén en el otro lado del mundo muriendo sus familiares y amigos y su estado esté gastándose el dinero que no tiene y que en algún porcentaje sustrae de políticas sociales, en una guerra ilegal.

A mediados de febrero de 1990, 22 años después de su lanzamiento, la Voyager I había recorrido 6400 millones de kilómetros desde su salida de la Tierra. Allí, en el lugar más recóndito del sistema solar, recibió la orden de girarse y enfocar su cámara hacia la Tierra. El resultado: 0.12 pixels azulados suspendidos en el vacío. El gran Carl Sagan (científico al que le dio popularidad la serie COSMOS) describiría mejor que nadie esta histórica imagen:

    “Ahí está. Ese es nuestro hogar. Somos nosotros. Ahí están todos aquellos a los que amas, todos aquellos a los que conoces, todos aquellos de los que te hayan hablado alguna vez, todos y cada uno de los seres humanos que han existido, que han vivido. La mezcla de nuestra felicidad y de nuestro sufrimiento, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas, todos los cazadores y todos los recolectores, todos los héroes y todos los cobardes, todos los creadores y todos los destructores, todos los reyes y todos los plebeyos, todas las parejas jóvenes enamoradas, todos los padres y madres, niños ilusionados, inventores y exploradores, todos los ejemplos de moral, todos los políticos corruptos, todas las superestrellas, todos los líderes supremos, todos los santos y todos los pecadores de la Historia de nuestra especie han vivido ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.” 

     Precisamente de este mismo autor me leí un libro póstumo suyo en el que su viuda –científica como él- recopila unos discursos que Carl Sagan declamó en una universidad inglesa y el principal tema era la relación entre ciencia y religión. Resumiendo mucho, dicho autor demostraba cómo la ciencia ha ido cambiando la apreciación que tenemos de la importancia del hombre y del planeta Tierra hasta el punto de que suenan ridículos argumentos de las principales religiones que desde el primer momento hacían del ser humano y de nuestro planeta el centro de todo. El libro es espléndido y me congratula que mucho de lo que él explica sobre las contradicciones de los dogmas religiosos o del mismo concepto de Dios han sido citados por mi en este blog: desde la contradicción entre un Dios a la vez bueno y omnipotente (¿cómo entonces puede permitir tanto dolor de tantos inocentes?) a la inexplicable poca precisión de los escritos religiosos en teoría inspirados por un ser Todopoderoso pasando por la inconsciente e infantil atribución de cualidades humanas a Dios o la inaudita creencia de que está continuamente ocupándose de todo lo que pasa en nuestra vida. 

     Con todo, lo que más me llamó la atención de su punto de vista científico es que visionando el universo como lo que es, algo infinito o casi infinito lleno de galaxias, estrellas, planetas y con 15 mil millones de años de antigüedad nosotros nos creamos tan importantes cuando existimos en un minúsculo planeta de un pequeño sistema solar que ni siquiera está en el centro de nuestra galaxia sino más bien en el extrarradio y que como mucho tenemos como raza una historia no superior a un millón de años; es decir que aparecimos en el mundo en los últimos minutos del día 31 de diciembre si el mundo se hubiera iniciado el 1 de enero. 

     Es muy dura esta metáfora pero los seres humanos somos como las ranas de un charco: apenas hemos podido explorar un medio diferente pues nos hemos conseguido mover unos pocos metros fuera de nuestro ecosistema, de hecho somos conscientes de que hay otros charcos porque algunos de nosotros los han visitado pero apenas podemos imaginar que existen lagos, mares e incluso océanos. Tan lejos de nosotros y teniendo que atravesar medios tan hostiles que apenas tenemos la esperanza científica de conocer a otras ranas de otros lugares y que esperamos estén habitados por seres tan inteligentes como nosotros y sepan comunicarse pues su lejanía hace casi imposible un viaje físico. Y a pesar de ser absolutamente conscientes de nuestra nimiedad en el universo y de nuestra extrema ignorancia nos consideramos elegidos por Dios incluso para que nos mande a su propio hijo para que le matemos.

     ¿De verdad si existiera Dios daría tanta importancia a una charca llena de ignorantes ranas cuya inmensa mayoría durante toda su historia ha achacado a él todo lo que le era incomprensible? Si la religión católica o la musulmana o la de los Testigos de Jehová fueran verdaderas e inspiradas por Dios existirían desde siempre y no hubieran dejado sin auxilio espiritual a cientos de generaciones de humanos pero es evidente han envejecido mal pues la ciencia nos muestra que ni el ser humano ni el planeta Tierra tienen tanta importancia. Es más, si mañana nos autodestruimos en una guerra nuclear, ¿qué sentido tendremos como reyes de la Creación? Es por eso que la Cienciología está creciendo tan espectacularmente y estoy convencido surgirán nuevas sectas (para mi secta y religión es lo mismo) con nuevos mitos que resulten más atractivos al hombre moderno.

     Soy pesimista y creo -como pensaba Freud- que todos desde pequeños estamos acostumbrados a un padre que lo sabe todo y de adultos nos encontramos desamparados al saber que eso no es cierto y cambiamos esa imagen y la solemos identificar con Dios, un Dios que dicen producto de la fe pero que nunca se aparece de forma hindú a alguien criado en Polonia o en forma de Virgen católica a un niño del Yemen, un Dios al que hemos inventado nosotros y al que atribuimos nuestra existencia y preocupación por nosotros. Un mito como el de Zeus o Thor y que, como ya hicieron otros en la Historia, seguimos usando para justificar nuestra intolerancia –ya que por supuesto nuestro Dios es el mejor y nuestra religión la única verdadera- pero que disfrazamos de superioridad moral cuando nada hay más ético que ser buena persona sin esperar ninguna recompensa como hacemos los ateos que somos buenos.

   Cada cierto tiempo hay un tema que es el que ocupa todas las portadas de los periódicos, las tertulias televisivas e incluso los discursos políticos: hoy es Haití, ayer era Irak, antes de eso la violencia doméstica, las muertes en carretera… tiene un punto triste pues muchas noticias ayudan a crear un clima de opinión favorable para que haya medidas que cambien algunas cosas pero la mayoría de ellas –sobre todo las referidas a catástrofes en el Tercer Mundo- quedan en simples anécdotas a los pocos días.

     Sin embargo, lo que más atención me llama son las noticias que generan paranoias, repasemos algunas de ellas en los últimos tiempos:

 -Las “vacas locas”, ¿Cuánto dinero costó aquella psicosis, cuantos ríos de tinta se gastaron en el tema y finalmente cuantos humanos murieron por aquella enfermedad tan grave, el 1% de todos los que mueren en las minas de China cada año? Y cuando voy a donar sangre aún tengo que mentir para poder hacerlo en la casilla donde pregunta si viví en Inglaterra –que sí lo hice- durante aquellos años pues es motivo para descartarme como donante… 

-La gripe aviar, otra “pandemia” que fue promocionada incluso por la ONU, ¿Cuántos han fallecido por ello, menos de los que mueren cada año por efecto de un rayo en USA? Y el caso es que la gripe común sigue matando a millares de personas todos los años. Y para colmo, no aprendimos nada, y volvimos a hacer lo mismo con la gripe A. 

-El terrorismo, el miedo a atentados globales. Este pánico a que en Occidente ocurra otro 11-S, fomentado por la administración Bush y refrendado en atentados puntuales sólo en dos casos en Europa en estos años y con bastante menos fallecidos de los que por ejemplo el terrorismo islámico pakistaní ha provocado en la India, he de confesar que yo mismo lo padezco. Sí, aunque el tiempo ha demostrado que no es cierto que los mismos que están dispuestos a morir en un mercado de Irak y matar a niños y señoras haciendo la compra sean capaces o tengan intención de hacer algo parecido en Occidente. Ni siquiera el 11-M hubo terroristas suicidas y desde luego es –y espero no dar ideas a nadie- relativamente fácil para alguien que no tenga miedo a morir, hacer algo así o matar al rey por ejemplo, tan sólo necesita disfrazarse de reportera del nuevo “Caiga quien caiga”.
   Sólo son 3 ejemplos de los muchos que seguro hay pero en la actualidad se está desarrollando otra que es la paranoia con el cambio climático. Y es paranoia porque aun siendo verdad todo lo que dicen la idea de frenarlo es ridícula, ningún país va a sacrificar su crecimiento económico por una hipótesis, hay que ser realistas.   
   Recuerdo que cuando ganó ZP sus primeras elecciones al día siguiente la bolsa española cayó bruscamente (acabó cerrando con bajada superior al 4%) y recibí un informe de análisis de ACF que decía que la reacción del mercado era exagerada –acertaron-, que ellos creían que ZP pactaría con CIU y no con ERC porque “si pueden hacerlo con los moderados, ¿para qué hacerlo con los radicales?” –fallaron-, que la política económica no variaría respecto a la de Rato –acertaron- y que el único sector al que veían con peligro eran las eléctricas que no recibirían tan buen trato como habían recibido del gobierno Aznar y que se verían muy perjudicadas por la promesa electoral del PSOE de reducir las emisiones de CO2 para cumplir con el Protocolo de Kyoto… han pasado 6 años y seguimos incrementando las emisiones de CO2, es más, medidas como la proliferación de desalinizadoras y el mantenimiento de la moratoria nuclear –que no provoca emisiones-, no ayudan pero eso sí, se sigue con la paranoia del cambio climático y que el gobierno puede hacer algo contra ella. Hasta la oposición se suma a este coro.
     Y aparte de discursos bienintencionados y de conferencias auspiciadas por la ONU, ¿algún gobierno en el mundo entero sacrificará el desarrollo económico por una hipótesis? La exorbitante subida del precio del crudo ha hecho más por las energías renovables que ningún estado, si el crudo costara 20$ en lugar de casi 100 no habría tantos molinos de viento, que nadie lo dude.
            ¿Cual será el próximo tema de moda? No lo sé, pero no creo mueva tanto dinero como el que está moviendo el tema del cambio climático…

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