Confusiones ideológicas

La costumbre de etiquetar es una de las claves del éxito de las terminologías “izquierda” y “derecha” referidas a la política y aunque son demasiado generalistas, funcionan. Sin embargo, en economía estas definiciones no sirven ya que personajes tan “de derechas” como Pinochet y Franco, siguieron en economía políticas tan dispares como la política liberal de uno y la intervencionista del otro y en esta crisis hemos visto cómo todos los gobiernos de todas las ideologías han reaccionado de forma muy similar: priorizando a la banca. Si vemos el ejemplo de Islandia, un gobierno de derechas nacionalizó los bancos –asumiendo sus deudas- y otro de izquierdas pretende no pagarlas mientras que lo liberal hubiera sido dejarles quebrar sin respaldo del estado: es decir, en ambas el que no cobraría sería el deudor. Sin embargo, se sigue asociando el liberalismo con “las derechas”. ¿Es eso igual en todas partes o sólo ocurre en España?

Con esta duda estaba cuando me encontré en la red con la obra “Vamos a hacer dinero” del documentalista Erwin Wagenhofer, una producción austriaca de 2008 -con una gran calidad de imagen y despliegue de medios- que según rezaba el comentario era una crítica “a las políticas neoliberales”. Lo voy a resumir mucho, quedándome sólo con algunos apuntes: Comienza muy bien, con el recorrido visual del oro desde una mina en Ghana a Suiza con las palabras “3% para África, 97% para Occidente” pero claro, esto ya pasaba cuando España explotaba las minas del Potosí, poco tiene que ver con ideologías.

Se traslada a la India, donde un empresario austriaco valora la seguridad jurídica (ni expropiaciones ni alzas bruscas de impuestos) del país y, sobre todo, el que el estado no es un obstáculo para la inversión, que no aplican normas ambientales y sociales que la encarecerían. Además, valora que en la India quieren ser ingenieros, no psicólogos ni maestros como en Europa. Cree que ese es un punto a su favor para el futuro y por ello piensa multiplicar por 4 su planta industrial. Alega que como compiten con otras empresas que pagan muy poco, “se ven obligados” a que sus trabajadores trabajen más horas sin cobrarlas y así no perder competitividad. Sin sindicatos, el sueldo de un soldador es de 200 euros y a la empresa le cuesta 250, y los ingeniero ganan entre 8 y 10 veces más. Es decir, la desigualdad es muy grande dentro del país y él cree que esta situación no cambiará en décadas. Su preocupación se centra en la inflación (subida de precios y de costes salariales). Todo esto lo contrasta con unas imágenes de pobreza y deteriorado medio ambiente y unas declaraciones de una licenciada de economía en Chennai (antigua Madrás), ciudad en la que un tercio de sus 8 millones de habitantes malvive en chabolas al lado del río. Según ella los impuestos a la población van a parar al inversor extranjero en forma de subvenciones y el crecimiento económico no afecta a la mayoría de la población. Explica algo que de hecho también pasa en España: “hace 10 años se podía ahorrar el 20-30% del salario, hoy se puede ganar el doble pero no se ahorra”, es decir, el mayor consumo, la copia del modelo occidental, lleva a un mayor gasto. También sale un niño de 12 años, estudiante de bachillerato que vive en el arrabal y que aspira a ser abogado “para acabar con la corrupción”.

Los datos demuestran que en la India hay menos pobreza, mejor educación y menos corrupción precisamente desde que se abrió a la inversión extranjera por lo que sí que dibuja con claridad las posturas de unos y otros pero en el análisis le falta describir la situación anterior antes de valorar la actual, que por supuesto no es la ideal.

Quizás la parte más interesante es la que le lleva a Burkina Faso, donde se entrevista con un cooperante mientras muestra cómo el monocultivo del algodón ha destrozado el suelo. Éste narra que en 20 años la situación no ha mejorado nada, que los trabajadores ganan 50 euros al año (imagino el trabajo en sí será de algunas semanas puntuales) y que demandan que les paguen el algodón a mejor precio. El 62% de la población vive con menos de 1$ al día, el 40% de los niños no van a la escuela –de los que sólo un 2% acaba en la universidad- y la esperanza de vida es de 42 años. Eso a pesar de tener –según dice- el mejor algodón del mundo, con un impecable trabajo a mano y unos costes de producción bajísimos. Un funcionario de Burkina Faso denuncia la hipocresía de los EUA que dicen ser liberales pero subvencionan a sus agricultores con 3 mil millones de $ y afirman que la actual ayuda bilateral y los créditos del Banco Mundial (que funciona como el colonialismo, ya que impide que manufacturen en el país) no serían necesarios si se eliminaran las subvenciones al algodón en los países desarrollados. “Si los occidentales siguen subvencionando su agricultura y hundiéndonos en la miseria acabaremos invadiéndolos con la emigración porque no tendremos otra opción, y lo haremos aunque hagan muros de 10 metros de altura”. Esto en ningún caso puede ser una crítica al liberalismo, que es la única corriente en Occidente que aboga por eliminar todas las subvenciones e implantar fronteras abiertas para el comercio, el dinero y los servicios. Eso sí, no aboga lo mismo para las personas…

También elabora un alegato contra la campaña de privatizaciones de servicios públicos como el agua o el transporte público. Un economista de la universidad de Colonia ve contradicción en vender la gestión de los tranvías de Viena y que a cambio el ayuntamiento pague alquiler por el uso de ese servicio. Estoy de acuerdo que es una pena pero en esta crisis hemos visto a grandes bancos vender oficinas para quedarse de alquiler, por supuesto por necesidades de liquidez, así que haría falta conocer las circunstancias. Un miembro socialdemócrata del Bundestag explica que el estado necesita bienes públicos, no sólo universidades y escuelas, también transporte, que la palabra privatizar viene de la misma raíz latina que privar de algo y eso es lo que hace, quitarnos algo que es de todos, “se desamortiza la sociedad”. “En la era neoliberal todo se reduce al beneficio inmediato, eso coincide muy bien con el interés de algunos políticos que sólo se preocupan de su corta estancia en un cargo sin pensar en el futuro”. Y no, no es una referencia a los alcaldes españoles aunque lo parezca…

Donde el documental pierde fuerza y me hace dudar de todos sus datos es cuando trata de la burbuja inmobiliaria española. Dice por ejemplo que se construían 800 mil pisos al año, que la deuda pública española era del 106% del PIB -cuando en 2008 no llegaba ni al 50%- y que por culpa de los ¡3 millones! de pisos vacíos del litoral español el Banco de España tuvo que vender reservas de oro, algo que es falso. Se traslada a Almería, al parque natural de Cabo de Gata -espacio protegido- con imágenes del polémico hotel Albarrobico, “a medio construir al pie de playa, el primero de 7 previstos, más campo de golf y un mínimo de 500 viviendas”. Habla un funcionario topógrafo que denuncia que las inversiones inmobiliarias en la costa española se hacían buscando un 20% de rentabilidad anual y que han acabado con miles de viviendas vacías, enriquecimiento de unas pocas personas y empobrecimiento de muchas, aparte de la destrucción paisajística. Achaca a los “fondos de pensiones de la banca europea” el “tsunami de cemento” (como si los nacionales no tuvieran culpa) y denuncia que el estado español obtiene pocos beneficios (¡!) del coste de desgaste que supone de recursos como el agua. Y sale el tema de los campos de golf en zonas cuasidesérticas. De las constructoras dice que se nutren de obra barata inmigrante porque en muchas ocasiones sus salarios se pagan con dinero negro y algunas están relacionadas con el mundo del fútbol (supongo lo dice por la ACS de Florentino Pérez). La burbuja inmobiliaria española, tantas veces comentada en este blog, se merece un estudio menos superficial, con datos verídicos y desde luego tiene poco que ver con ideologías y mucho con algunos pecados capitales.

Acaba denunciando que con el dinero público se está salvando al sistema financiero, en eso coincide con los ideólogos liberales. Conclusión: la confusión existe también fuera de España.

 

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