el mito de la deuda odiosa

Creo sinceramente que de los fracasos se aprende más que de los éxitos y si algún consuelo se puede encontrar en lo negativo, es que la lección puede servir para reaccionar mejor en el futuro ante una situación similar. Y aunque ya avisa el refranero popular que el ser humano es famoso por tropezar dos veces en la misma piedra, me desespera ver que muchos no sólo no aprenden del tropiezo, es que insisten en el mismo error. Por ejemplo, lo que pasó en Grecia hace un año: el país necesita dinero, sólo se lo prestan sus socios y el gobierno pretende poner unas condiciones que se resumían así: “dadme dinero para que me lo gaste como quiera pero antes tenéis que hacerme una quita de lo que debo”. La negociación llega a un punto muerto que asusta a los ahorradores griegos y hay que establecer un corralito para que no quiebren los bancos. Se pregunta al pueblo que apoya la postura del gobierno pero al final, ante la perspectiva de quedarse sin fondos, el gobierno acepta las condiciones del resto de socios eurozoneros que se resumen así: “te daré el dinero si haces la política que yo te diga (conseguir el superávit primario que considere oportuno aunque para ello tengas que recortar pensiones por undécima vez en 6 años y privatizar el puerto de El Pireo entre otras muchas medidas más) y después de eso –este mes está pasando- ya hablamos de reestructurar tu deuda (no de quitas, sino de alargar plazos –otra vez- y reducir -aún más- los intereses)”, ¿Cómo es que algunos no han aprendido de aquello? Por suerte, hoy ningún miembro está en una situación tan extrema como Grecia y actualmente todos pueden financiarse en los mercados, no hacen falta “rescates” y basta con la ayuda de las compras de BCE.  Sin embargo, en España hay quien aún habla de “reestructurar la deuda”.

El argumento es que parte de nuestra deuda es “odiosa”. Hay fuentes que dicen que dicho concepto fue “inventado” por los Estados Unidos cuando se anexionaron Filipinas y Cuba en 1998 negándose a pagar lo que estos territorios debían a España por considerar que los gobernantes que contrajeron dichas deudas habían sido impuestos a la población, aunque hay un caso de unos años antes, cuando México se negó a abonar las deudas que había dejado el emperador Maximiliano. El concepto no se ha vuelto a poner de moda hasta hace unos años pero ha ocurrido muchas veces que en conflictos internos –por ejemplo la Guerra civil Española- o revoluciones o caídas de dictadores, el bando vencedor decidía no asumir las deudas de los perdedores. El argumento de no pagar lo que hace un gobierno que no ha sido elegido por el pueblo tiene cierto sentido pero ha quedado obsoleto en las democracias occidentales. O las deudas duran lo que dure un gobierno o cara a los deudores, lo que ha hecho un gobierno legitimado por las urnas en nombre del país, vale para el siguiente gobierno porque es deuda del país (o del ayuntamiento o de la comunidad autónoma), no de los políticos. Por supuesto, muchos querríamos que esto no fuera así pero no es realista ya que si cada vez que un país cambiara de gobierno pudiera hacer limpieza de sus deudas, nadie la compraría. Es como si una empresa decidiera no pagar lo que debe porque cambia el consejo de administración.

Y lo verdaderamente “odioso”, que es lo robado por algunos en el desempeño de sus funciones públicas, es algo que se recuperará –o se intentará- en los tribunales, no haciéndoselo pagar a quien compró nuestra deuda. De todos modos aunque lo consiguiéramos y restemos al billón de € que debemos lo que algunos han robado, ¿Cuánto seguiríamos debiendo, el noventa y muchos por ciento de nuestro PIB en lugar del 100%? Al final lo que dicen los datos es que el grueso de lo que España debe se ha gastado en pensiones, prestaciones de paro e infraestructuras. Algunas absurdas, sí, pero que están ahí: la deuda emitida se ha gastado en España y en los españoles (incluso el 7% del aumento de la deuda atribuible a no dejar quebrar a ninguna caja de ahorros y que yo tanto critico) y se disparó porque con la crisis los gastos aumentaron y los ingresos se redujeron y nuestros políticos no lo supieron gestionar. Pero ¿qué culpa tienen los que han comprado nuestra deuda de ello? Mandaban porque nosotros los elegimos y ojo, que vamos a volver a votar y ninguno de los partidos que más apoyo popular tendrán tiene intención de cumplir con un déficit cero, de equilibrar totalmente ingresos con gastos. Luego no nos lavemos las manos que seguimos apoyando que se gaste más de lo que se ingresa aunque eso suponga aumentar la deuda, ¿Con qué derecho vamos entonces a criticar a gestores políticos pasados si queremos que los futuros hagan lo mismo?

De todos modos, no hay forma humana de separar la deuda que tiene España que es “odiosa” con la que no porque ya estamos endeudados y el papel emitido ya está repartido. Al que ha comprado un bono español, sea un fondo de inversión chino o un ciudadano de Zaragoza, no le podemos decir ahora que no le vamos a devolver un % del dinero que nos prestó porque un nuevo gobierno considera que ese % es “odioso”. Aparte de no ser ni serio ni práctico tiene un gran problema añadido: que como casi cada semana emitimos nueva deuda para poder abonar los vencimientos anteriores (y también cubrir nuestros desfases presupuestarios) corremos un riesgo evidente de no encontrar compradores o encontrarlos a precios muy superiores a los actuales por lo que acabaríamos pagando mucho más en intereses. Es un proceso lógico:¿quién volvería a prestar dinero a alguien que a conveniencia decide que no te va a devolver parte de lo que le has prestado? Yo no, desde luego. De hecho, Grecia ya tuvo una quita de deuda y no sirvió para nada, no sólo siguió creciendo después, es que alejó a los inversores y tuvo que pedir otro nuevo “rescate”.

Actualmente España no tiene un problema con el pago de la deuda: encuentra demanda sin problemas y paga poco, incluso cobra en los plazos más cortos, ¿A qué entonces plantear algo que puede acabar con esa situación y conducirnos a un rescate? Además, España es especialmente vulnerable a la confianza que pueda trasmitir hacia el inversor foráneo ya que somos el segundo país del mundo con más deuda externa. Incluso restando lo que tenemos invertido en el exterior, resulta que nuestra deuda externa neta es de 1 billón, el 100% del PIB. Y no es sólo el estado, también empresas y bancos dependen del dinero exterior. Cualquier duda acerca de nuestra solvencia hundiría nuestra economía como pasó en verano de 2012. Así que no hay fórmulas mágicas: si queremos reducir la deuda hay que gastar menos de lo que ingresamos. Eso, o que el PIB crezca más que el déficit pero entonces bajará el ratio deuda/PIB, no el volumen de deuda.

 

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