La complicada agenda proteccionista

A estas alturas casi todo el mundo sabe en qué consiste lo que se denomina “globalización” en economía. Algunas empresas, con sus correspondientes ayudas políticas correspondientes, decidieron hace décadas invertir en determinados países que se ofrecieron dispuestos a recibirlos ya que creaban puestos de trabajo bien pagados para sus estándares. Esas compañías buscaban un gran beneficio ya que asumían un enorme riesgo (lógico, ninguno de nosotros invertiría sus ahorros en ¿Madagascar? sin esperar una gran recompensa) y en su “egoísmo” cumplieron la ya mítica teoría de Adam Smith cuando explicaba que el tabernero busca su propio interés económico pero gracias a éste nos calmaba la sed, puesto que iniciaron un proceso que ha tenido un gran número de consecuencias positivas para cientos de millones de personas… aunque también ha propiciado que muchos productos hayan dejado de fabricarse en el Primer Mundo para hacerlo en los llamados “países emergentes” y “frontiers”. Por un lado las compañías y sus accionistas han obtenido un gran rédito, los países donde se instalaron también puesto que no sólo han reducido drásticamente sus tasas de pobreza (nunca ha habido menos en el mundo), además han aprendido a producir por sí mismos con capital propio, y los consumidores occidentales hemos podido reducir el coste de adquisición de numerosos productos. Hay también una ganancia doble más complicada de medir: por un lado la mejora de la calidad de vida de tantos millones de personas han reducido su propensión a trasladarse al Primer Mundo reduciendo la presión migratoria y por otro los ha convertido -y la tendencia es al alza- en consumidores con lo que son países que también importan mercancía de Occidente. Por el contrario, hay un gran perdedor de todo esto que es el sector laboral manufacturero de las naciones más desarrolladas.

Yo soy un gran defensor de la globalización. Puedo entender que al que se ve directamente perjudicado le importen menos las vidas de millones de desconocidos que su propia cartera pero yo no tengo dudas: con todos los peros que queramos ponerle el número de personas beneficiada es muy superior al número de las perjudicadas y además el porcentaje de mejora (que en muchos casos incluye dejar de morir de hambre) de la mayoría es mucho mayor que el grado de empeoramiento de la minoría. Las políticas proteccionistas no sólo no funcionan, además crean miseria y hambre. El mejor ejemplo lo tenemos en la Historia pero también en el presente. Por ejemplo, la UE gasta millones en subvencionar la producción de azúcar en Europa cuando el clima no es el más adecuado y limita las importaciones de azúcar de otros continentes, ¿Consecuencias? Pagamos impuestos para pagar esas subvenciones, pagamos más por el producto ya que es el azúcar más caro del mundo y a la vez, discriminamos el azúcar africano, mucho más abundante y barato, condenando al paro y a la pobreza a millones de personas que podrían producirlo y vendérnoslo a mejor precio. De hecho, para mi el mayor problema es que el libre comercio como tal no existe en el mundo, es una especie de sistema mixto donde sigue habiendo demasiados aranceles y demasiados intereses políticos. Evidentemente, la globalización es un fenómeno, como todos los humanos, con muchos fallos y gran parte de ellos no se localizan sólo en el Primer Mundo sino también en los gobiernos de los países emergentes pero a mi juicio no hay alternativa. Lo estamos viendo por ejemplo con Libia: un país donde por sus problemas políticos estamos dejando de invertir, ¿consecuencias? Más pobreza, mas radicalismo y más emigrantes ilegales hacia Europa porque no tienen apenas nada que perder. Si mañana cerramos las empresas occidentales en los países emergentes pasará lo mismo en todos: perjudicar a otros países se nos volverá en contra.

Creo que la mayoría de las críticas que se hacen a la globalización son bienintencionadas pero pecan de falta de perspectiva histórica y de realismo. Por ejemplo, Corea del Sur hoy es un país modelo pero han tardado décadas en conquistar, ellos mismos, derechos sociales que no hubiéramos podido imponer desde fuera como no hemos podido imponer –aún- la mayoría de nuestras libertades democráticas en el mundo musulmán. Si boicoteamos a Arabia Saudí por su machismo, por ejemplo, dudo que mejoremos la situación de las mujeres allí pero aumentará el paro en Cádiz si ellos no compran en nuestros astilleros. Hay que tener paciencia, los procesos deben fomentarse, seguro que podemos hacer mucho más pero al final, cada país es soberano. Incluso con sanciones económicas, lo hemos visto con Cuba, no se consigue que cambie la situación política de un país y encima quien más sale perjudicado es el más inocente. De todos modos, que cada uno opine lo que quiera, la cuestión es que el mundo ahora mismo está, en cierto modo, globalizado y si se decide revertirlo el proceso puede ser muy complicado. Por ejemplo, ahora tras la victoria de Trump se espera que los EUA pongan unos aranceles a los productos procedentes de China del 45%, la idea es –aparte de lo que se ingrese por ello- que, al ser más caro importar de allí, las manufacturas nacionales sean más competitivas y aumente el empleo y los salarios.

Lo primero es que la aplicación práctica de esto es muy complicada primero porque va a ser difícil que no se sigan colando productos chinos aunque sea por la frontera canadiense o usando terceros países (hecha la ley hecha la trampa) y segundo porque se tardará mucho en ver alguna consecuencia positiva tanto porque seguramente los importadores estén acumulando grandes stocks en este momento como porque es muy lento crear nuevas empresas y/o aumentar la capacidad de las que hay. Con todo, el problema mayor será la reacción de China porque incluso si sale bien la jugada en el corto plazo, se está dañando el mercado con mayor proyección (junto al indio) para las grandes empresas norteamericanas. Y es que, como dijimos antes, la globalización ha avanzado tanto que algunos países donde se invertía buscando mano de obra barata, ahora se han convertido en consumidores y su consumo avanza a un ritmo tan veloz que no tardarán mucho en ser más interesantes que, por ejemplo, cualquier miembro de la UE. China puede aplicar aranceles a las multinacionales norteamericanas que tanto han invertido en ganarse su mercado, pueden dejar de comprar deuda norteamericana, pueden encarecer la fabricación de muchos productos para todo el globo porque sus componentes son adquiridos allí…

Las exportaciones de China a los EUA suponen un pequeño fragmento de su PIB pero mirad por ejemplo las de México, otro país al que Trump quiere aplicarle aranceles

Mataría a la economía mejicana, ¿Y alguien cree que eso no tendrá consecuencias? Estamos hablando no sólo de economía, también de geopolítica y lo peor es que con una subida general de aranceles vamos a perder todos, incluso los no implicados. Por de pronto, los precios subirán para todos los consumidores pero quizás lo peor es la ingenuidad de pensar que una crisis en las naciones emergentes va a ser beneficiosa para las desarrolladas. ¡Pero si cada vez que sale un mal dato de la economía china tiembla el mundo económico y los mercados financieros! Una cosa es viajar en una máquina del tiempo y haber elegido otro camino y otra es pretender cambiar ahora las reglas de juego y la tendencia económica global tras décadas de gran éxito para el conjunto. Y que encima el conflicto lo comience un país con una tasa oficial de paro inferior al 5%, es decir, que tiene mucho más que perder que los demás, tiene aún menos sentido. Ojalá Trump recapacite porque no hace falta ser un experto en la Teoría de Juegos para ver que en una guerra comercial no hay vencedores y que, como en todas las guerras, los perdedores seremos los ciudadanos de a pie.

 

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