Las instituciones humanas necesitan coherencia y no sólo fe

Hago un copy paste de parte de un artículo de Francisco Cabrillo –que suele escribir de economía en ¡LD!-, que no creo quisiera criticar a la iglesia con ello pero cito:

Jacques Duèze, que subió al trono de San Pedro con el nombre de Juan XXII el año 1316, no ocupa un lugar destacado en la historia de la iglesia por su santidad y por su dedicación a los más humildes. Pero no cabe duda de que era un hombre inteligente, que prestaba especial atención a las finanzas de sus dominios temporales.

Eran los tiempos del papado en Aviñón. Habían transcurrido ya dos años desde la muerte de Clemente V, sin que los cardenales llegaran a un acuerdo para elegir a su sucesor, cuando Felipe V de Francia convocó un cónclave en Lyon, en el que Jacques Duèze fue elegido sumo pontífice cuando contaba ya 67 años, edad muy avanzada para la época. A pesar de ser un papa poco conocido en la historia de la iglesia, tomó algunas decisiones tan importantes como la canonización de Santo Tomás de Aquino, la constitución del Tribunal de la Sagrada Rota o la instauración de la festividad de la Santísima Trinidad. Tuvo que intervenir en el enfrentamiento interno de la orden franciscana, dividida entre los conventuales y los espirituales, que defendían la idea de la pobreza absoluta. En esta disputa se puso abiertamente del lado de los primeros y condenó a los espirituales. No es extraño. Juan XXII siempre creyó que la iglesia debería ser rica para demostrar el esplendor de la fe. Y exigió que en las representaciones pictóricas de Jesucristo se incluyeran bolsas de monedas que reflejaran que éste en nada se oponía a la riqueza. No es sorprendente que algunos de sus críticos lo llamaran en su época “el papa banquero”.

Falleció Juan XXI el año 1334, y las noticias sobre su muerte reflejan que no era demasiado querido por sus fieles. Se dijo que había muerto asesinado por un marido burlado que lo encontró en la cama con su mujer; y que había fallecido de apoplejía mientras fornicaba con una señora. Es muy probable que todas estas historias sean falsas, entre otras cosas porque el papa tenía por entonces 85 años y no parece que estuviera ya en condiciones de ejercer de don Juan. Pero son indicativas de lo que opinaba mucha gente de su persona.

En su pontificado promovió las artes y la construcción de numerosos palacios e iglesias. Y todo esto exigía dinero, mucho dinero. Reorganizó para ello las finanzas de la Santa Sede. Y en 1313, en un momento de serias dificultadas para el tesoro pontificio, creó un tributo nuevo: el denominado “impuesto de la cancillería”. Consistía éste en cobrar una determinada cantidad por la absolución de faltas cometidas por los fieles; para ello diseñó una tarifa que presento, de forma simplificada, a continuación:

Por la absolución de la fornicación con mujeres, un eclesiástico debía pagar 219 libras. Si, en vez de con mujeres, la fornicación se realizaba con muchachos o con animales, el impuesto se reduciría a 131 libras. Pero la tarifa variaba en función del contribuyente. Si quien fornicaba era una religiosa, el impuesto era de 131 libras. Un laico pagaba sólo 27 (aunque tenía que sumar cuatro más si había incesto). Y la tarifa para una mujer adúltera era de 87 libras.

El impuesto no sólo servía para redimir este tipo de faltas, a las que parece eran muy aficionados los ciudadanos de Aviñón. También los homicidios tenían sus tarifas diferenciadas en función de la autor y la víctima. Un homicidio simple era barato: sólo 15 libras. Y matar a la esposa, a la hermana, al hermano o a los padres no era mucho más caro: 17 libras. Eso sí, si un marido mataba a su esposa para casarse con otra, el impuesto ascendía a 52 libras. Mucho más costoso resultaba matar a un obispo o a un eclesiástico de alto rango: 131 libras. Y para que no se diga que los dignatarios de la iglesia recibía un trato de privilegio, el papa estableció que un obispo o un abad que cometiera un homicidio, “incluso si fuera por accidente o por necesidad”, pagaría por su absolución 179 libras. No tenemos hoy muy claro qué significa esto de matar “por necesidad”; pero seguramente los aviñonenses del siglo XIV sabían a qué se refería.”

Curioso, ¿verdad? Sobre todo porque la Iglesia sigue defendiendo que el papa es el vicario de Cristo en la Tierra aunque su comportamiento sea discutible, y por lo tanto tan legítimo era este como el actual. Y si, viendo sus grandes fallos teológicos, anulamos su legitimidad, resulta que estaremos dudando de todas las medidas que tomó: ¿O es que era vicario de Cristo cuando instauró el Tribunal de la Rota –aún en funcionamiento- y no lo era cuando midió en dinero la absolución por los pecados?

Lo verdaderamente lamentable a mi juicio es que en la actualidad millones de personas sigan creyendo en una institución basada de una parte en la interpretación subjetiva –otras religiones hacen otras lecturas- de unos contradictorios textos antiguos (la Biblia) que pocos han leído y de otra parte en unas decisiones aleatorias tomadas por humanos que históricamente han demostrado ser malos cristianos como los cientos de obispos (y papas) corruptos que ha habido en la Historia.

¿Es que a alguien le parece lógico que la única legitimidad de la Iglesia venga dada porque ella misma se considera la única capaz de interpretar a Dios? Si Dios –siendo todopoderoso- ha decidido algo tan extraño como usar intermediarios, ¿No es extraño que ese intermediario sea tan imperfecto? Y si lo es, y la Historia lo demuestra como en el caso de este papa aquí descrito, ¿Cómo pueden saber los católicos qué decisiones doctrinales de las muchas que han cambiado desde que se fundó la iglesia son correctas o no?

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