Pereza, ambición y el futuro de la banca

El otro día escuché una teoría que me subyugó. Uno decía que el auténtico motor que ha impulsado el avance de la humanidad era la pereza. Que es por nuestra pereza que se nos ocurrió inventar una pala y así ahorrarnos el esfuerzo de pasarnos horas haciendo un hoyo con las manos. Y así, hasta el pedir comida por internet que hacemos en la actualidad, toda nuestra evolución está motivada por nuestra pereza. De esta manera, si nos encantara pasarnos el día trabajando aún seguiríamos en la Prehistoria. La teoría tiene su atractivo pero es evidente que han hecho falta muchos más motores para llegar adonde hoy estamos, y algunos no tienen buena fama. Uno de ellos es la ambición, especialmente la de algunas personas concretas que han sido claves en nuestra historia. En el mundo económico la pereza y la ambición han ido más unidas de lo que parece ya que las ideas de los emprendedores suelen ser financiadas por capitales que buscan beneficios sin esfuerzo. Si alguien invierte confiando en el negocio que ha montado otro –por ejemplo cuando acude a una ampliación de capital de una cotizada en bolsa- busca que su dinero trabaje por él y a su vez está financiando la ambición de alguien.

Habitualmente, el que tiene el dinero depositado en el banco hace lo mismo: dejando que sus ahorros trabajen por él confiando en la gestión de los profesionales que en teoría sabrán obtener beneficios tanto para su entidad como para abonar intereses al cliente. Pero estamos llegando a un punto en el que, debido a la política ultra-expansiva del banco central, nuestra entidad financiera no puede ofrecernos nada por guardarnos el capital: o contratamos productos de riesgo o simplemente asumimos que la dinámica ha cambiado. Es el momento en el que algunos se preguntan: ¿entonces para qué tener el dinero en el banco? Y por eso es tan importante que el estado respalde, al menos hasta 100 mil euros, todos los depósitos porque el argumento más sólido –aparte de la comodidad para cobrar la nómina, pagar facturas, las tarjetas etc.- para seguir depositando nuestros ahorros en una entidad financiera es la seguridad que quizás nuestro colchón no nos ofrece. ¿Será esto suficiente para que sigamos usando los bancos si acaban cobrándonos por guardar nuestro dinero? Difícil saberlo pero gracias a otros países donde está empezando a pasar tendremos la respuesta pronto.

De hecho, en un cantón suizo un banco solicitó a sus clientes que no le pagaran demasiado pronto los impuestos porque guardarles esa liquidez hasta depositarla en la agencia tributaria les hacía perder mucho dinero en intereses y un banco alemán anunció que crearía bóvedas para guardar el dinero y así no tener que depositarlo en BCE y pagarle intereses… Los tipos de interés tan bajos tienen consecuencias negativas y positivas y una de estas últimas es que es mejor destinar la liquidez que uno tenga a cancelar a deudas que a tener depósitos y eso está recortando las deudas privadas. Pero si hay una fuga de capitales de la banca a “bancolchón” huyendo de impuestos y tipos negativos, el sistema puede peligrar porque los bancos sin depósitos reducirán los créditos. Es curioso porque en teoría los tipos están tan bajos para que ahorrar no merezca la pena y aumente la inversión pero mientras no aumente la inflación, guardar el dinero ya genera beneficios así que ¿para qué arriesgarlo? No es que los bancos centrales no sepan esto, es que confiaban, porque de hecho es lógico pensar así, que con tipos de interés negativos se dispararía la inflación porque la gente consumiría más.

Pero no es así. Y no es que no aumente el consumo, que algo sí lo está haciendo, es que estamos en un mundo en el que los costes se han reducido por muchas razones: la globalización, el abaratamiento de las materias primas, la productividad generada por avances tecnológicos… A mi no me disgusta que no haya inflación y puede que simplemente necesitemos acostumbrarnos a ello, y a no recibir intereses del banco porque aunque no obtengamos rentabilidad, tampoco perdemos poder adquisitivo como pasaba antes, que nos ofrecían intereses pero el IPC se los comía… Pero al mundo económico real –el financiero creo ya está acostumbrado, de ahí que ya se negocien bonos con tipos negativos con normalidad desde hace tiempo-, es evidente que le está costando digerir esta nueva situación. Y aunque los endeudadísimos estados sufran porque necesitan más inflación para que la deuda se reduzca con el paso del tiempo, a la vez tienen el beneficio de apenas pagar por la deuda que emiten e incluso en algunos casos, hasta recibir intereses por ello. Por eso quizás no tengan el estímulo suficiente como para reducirla. En cualquier caso, una situación novedosa, inesperada y potencialmente peligrosa la que estamos viviendo.

 

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