Tres opiniones cualificadas sobre el 11-S

Al Qaeda asesinó más estadounidenses el 11 de septiembre que el ataque del gobierno japonés a Pearl Harbor en 1941. Esto podría llamarse la “privatización de la guerra.”

En términos tecnológicos, durante la Guerra Fría, los Estados Unidos fueron aún más vulnerables a un ataque nuclear de Rusia, pero “la destrucción mutua asegurada” evitó lo peor al mantener el riesgo más o menos simétrico. Rusia tenía una enorme fuerza pero no podía controlar con su arsenal a los Estados Unidos.

No obstante, dos asimetrías favorecieron a Al Qaeda en septiembre de 2001. Primero, había una asimetría en la información. Los terroristas sabían muchas cosas de sus objetivos, mientras que los Estados Unidos antes del 11 de septiembre sabían poco de la identidad y ubicación de las redes terroristas. Algunos informes del gobierno habían anticipado la magnitud del daño que podían provocar los actores no estatales a países grandes, pero sus conclusiones no fueron incluidas en los planes oficiales.

Segundo, hubo una asimetría en la atención. Los numerosos intereses y objetivos de un actor más grande a menudo pueden diluir su atención hacia un actor más pequeño, que en contraste, puede enfocar su interés y voluntad más fácilmente. El sistema de inteligencia estadounidense tenía bastante información sobre Al Qaeda, pero los Estados Unidos no pudieron procesar coherentemente la que habían reunido varias de sus agencias.

Sin embargo, las asimetrías en la información y la atención no dan una ventaja permanente a los ejecutores de la violencia informal. Con seguridad, no hay tal cosa como la seguridad perfecta, además, históricamente, las olas de terrorismo a menudo han tardado una generación en disiparse. Aún así, la eliminación de los principales líderes de Al Qaeda, el fortalecimiento de la inteligencia estadounidense, los controles fronterizos más estrictos y una mayor cooperación entre el FBI y la CIA, en conjunto, claramente han hecho a los Estados Unidos (y sus aliados) más seguros.

No obstante, hay lecciones más grandes que el 11 de septiembre nos enseña sobre el papel de la narrativa y el poder suave en la era de la información. Tradicionalmente, los analistas asumen que la victoria se la llevó el mejor ejército o la fuerza más grande; en la era de la información, el resultado también está influenciado por quién tiene la mejor historia. Las narrativas rivales son importantes, y el terrorismo se trata de narrativa y drama político.

El actor más pequeño no puede competir con el más grande en términos de poder militar, pero puede usar la violencia para establecer la agenda global y crear narrativas que afectan el poder suave de sus objetivos. Osama bin Laden era muy hábil para la narrativa. No pudo dañar a los Estados Unidos como hubiera querido, pero logró dominar la agenda mundial durante una década, y la ineptitud de la reacción inicial estadounidense significó que Bin Laden pudo imponer a los Estados Unidos costos más grandes que los que eran necesarios.

El presidente George W. Bush cometió un error táctico al declarar “la guerra contra el terrorismo.” Hubiera sido mejor que diseñara la respuesta dirigida a Al Qaeda, quien había declarado la guerra a los Estados Unidos. La guerra global contra el terrorismo se tergiversó para justificar una amplia gama de acciones, incluida la cara y equivocada guerra con Irak, que dañó la imagen estadounidense. Además, muchos musulmanes malinterpretaron el término como un ataque al Islam, que no era la intención de los Estados Unidos, pero cuadró con los esfuerzos de Bin Laden para empañar la opinión sobre los Estados Unidos en países musulmanes estratégicos.

Al grado que el billón de dólares o más en costos de una guerra sin fondos contribuyeron al déficit presupuestal que actualmente asola a los Estados Unidos. Bin Laden logró dañar el poder duro estadounidense. Y el verdadero precio del 11 de septiembre pueden ser los costos de oportunidad: durante gran parte de la primera década de este siglo, mientras la economía mundial cambiaba gradualmente su centro de gravedad hacia Asia, los Estados Unidos estaban preocupados con su decisión equivocada de hacer la guerra en Medio Oriente.

Una lección clave del 11 de septiembre es que el poder militar duro es esencial para luchar contra el terrorismo de individuos como Bin Laden, pero que el poder suave de las ideas y la legitimidad es fundamental para ganar los corazones y mentes de las principales poblaciones musulmanas que Al Qaeda le gustaría reclutar. Una estrategia de “poder inteligente” no ignora las herramientas del poder suave.

Sin embargo, al menos para los Estados Unidos, la lección más importante del 11 de septiembre es que su política exterior debería seguir el consejo del presidente Dwight Eisenhower, de hace medio siglo: no te involucres en guerras de ocupación terrestre y enfócate en mantener la fortaleza de la economía nacional.

Joseph S. Nye, Jr., ex asistente del secretario de Defensa de los Estados Unidos, es profesor de la Universidad de Harvard y autor de The Future of Power.

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El 11 de septiembre 2001 fue una tragedia terrible en todo sentido, pero no fue un punto de inflexión histórica. No anunció una nueva era de las relaciones internacionales en que prevalecieran los terroristas con una agenda global, ni en que espectaculares ataques terroristas se convirtieran en lugar común. Por el contrario, no se ha repetido un 9/11. A pesar de la atención dedicada a la “Guerra Global contra el Terrorismo”, los avances más importantes de los últimos diez años han sido la introducción y difusión de tecnologías de información innovadoras, la globalización, las guerras en Irak y Afganistán, y la agitación política en el Medio Oriente .

En cuanto al futuro, es mucho más probable que esté definido por la necesidad de Estados Unidos de poner orden a su economía, la trayectoria de China dentro y fuera de sus fronteras, y la capacidad de los gobiernos del mundo para cooperar en el restablecimiento del crecimiento económico, poner coto a la proliferación de armas nucleares y hacer frente a retos energéticos y ambientales.

Es y sería un error hacer de la lucha contra el terrorismo la pieza central de lo que llevan a cabo los gobiernos responsables del mundo. Los terroristas siguen siendo elementos marginales con un atractivo limitado en el mejor de los casos. Pueden destruir, pero no crear. Vale la pena señalar que quienes que salieron a las calles de El Cairo y Damasco llamando a un cambio no gritaban las consignas de Al Qaeda ni apoyaban sus planteamientos.

Más aún, se han tomado medidas para hacer retroceder con éxito a los terroristas. Los recursos de inteligencia se han redireccionado. Las fronteras se han hecho más seguras y las sociedades, más resistentes. La cooperación internacional se ha incrementado notablemente, en parte porque los gobiernos que no están de acuerdo en muchos otros temas pueden entenderse sobre la necesidad de cooperar en esta área.

La fuerza militar ha jugado un papel importante. Al Qaeda perdió su base en Afganistán cuando el gobierno de los talibanes que le había proporcionado refugio fue expulsado del poder. Por fin, Osama bin Laden fue encontrado y eliminado por las Fuerzas Especiales de EE.UU. en las afueras de Islamabad. Los aviones no tripulados y dirigidos a distancia han demostrado ser eficaces para la eliminación de una importante cantidad de terroristas, entre ellos muchos de los líderes más importantes. Los gobiernos débiles se pueden fortalecer; los gobiernos que toleran o apoyan el terrorismo deben rendir cuentas.

Sin embargo, no debemos confundir los avances con una victoria. No es posible eliminar a los terroristas y al terrorismo más de lo que podemos librar al mundo de las enfermedades. Siempre habrá quienes recurran a la fuerza en contra de hombres, mujeres y niños inocentes en la búsqueda de objetivos políticos.

De hecho, los terroristas están avanzando en algunas áreas. Pakistán sigue siendo un lugar de refugio para Al Qaeda y algunos de los terroristas más peligrosos del mundo. Una mezcla de inestabilidad, debilidad del gobierno e ideología en países como Yemen, Libia, Somalia y Nigeria, está proporcionando territorio fértil para que los terroristas puedan organizar, entrenar, y montar operaciones, de modo muy similar a como lo hicieron en Afganistán hace una década. Constantemente surgen nuevos grupos de las ruinas de los antiguos.

También existe el un creciente peligro del terrorismo interno. Lo hemos visto en Gran Bretaña y EE.UU.. Internet, uno de los grandes inventos del mundo moderno occidental, ha demostrado ser un arma que puede ser usada para incitar y capacitar a aquellos que desean causar daño en él.

La cuestión planteada en octubre de 2003 por el entonces Secretario de Defensa de EE.UU. Donald Rumsfeld no es menos relevante hoy: “¿Estamos capturando, eliminando o disuadiendo más terroristas cada día que los que reclutan, entrenan y despliegan contra nosotros los clérigos radicales en las madrasas?” En igualdad de condiciones, es probable que así sea. Pero incluso los éxitos terroristas más pequeños son costosos en términos de vidas y dinero, y hace que las sociedades abiertas lo sean menos.

¿Qué se debe hacer? Por desgracia, no existe una receta única o mágica. El establecimiento de un Estado palestino no será suficiente para los terroristas que buscan la eliminación del estado judío, del mismo modo como alcanzar un acuerdo sobre Cachemira no resultará satisfactorio para los terroristas con base en Pakistán que tienen planes más ambiciosos con respecto a la India. La reducción del desempleo es deseable, por supuesto, pero muchos terroristas no provienen de la pobreza. Ayudar a hacer más democráticas las sociedades de Oriente Medio y otras regiones podría reducir la alienación conducente al radicalismo, pero esto es más fácil de decir que de hacer.

Por supuesto, queremos seguir buscando maneras de hacernos menos vulnerables, y los terroristas más todavía. Pero, ¿qué puede ser más importante, particularmente en las comunidades árabes e islámicas, que poner fin a la aceptación del terrorismo? El padre nigeriano que advirtió a la embajada de EE.UU. en Lagos que temía lo que su hijo pudiera hacer -antes de que el mismo joven intentara detonar una bomba a bordo de un vuelo con destino a Detroit el día de Navidad de 2009- es un ejemplo de precisamente esto.

Sólo cuando más padres, maestros y líderes comunitarios se comporten del mismo modo se agotará el reclutamiento de terroristas y las autoridades policiales recibirán plena cooperación de las poblaciones a las que protegen. Para perder su potencia, el terrorismo debe perder su legitimidad entre aquellos que históricamente lo han apoyado o tolerado .

Richard N. Haass fue Director de Planificación de Políticas del Departamento de Estado de EE.UU y es en la actualidad Presidente del Consejo de Relaciones Exteriores.

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Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2011 realizados por Al Qaeda tenían la intención de dañar a Estados Unidos, y lo consiguieron, pero en formas que Osama Bin Laden probablemente nunca se imaginó. La respuesta del presidente George W. Bush a los ataques puso en riesgo los principios básicos de Estados Unidos, socavando su economía y debilitando su seguridad.

El ataque a Afganistán posterior a los ataques del 11 de septiembre fue comprensible, pero la posterior invasión de Irak fue totalmente ajena a Al Qaeda, a pesar de que Bush trató de establecer un vínculo. Aquella guerra que se eligió llevar a cabo se convirtió de manera rápida en muy costosa, alcanzando órdenes de magnitud que fueron más allá de los $60 mil millones que se afirmaron al principio, ya que una colosal incompetencia se encontró con tergiversaciones deshonestas.

De hecho, cuando Linda Bilmes y yo calculamos los costos de la guerra de Estados Unidos hace tres años, la cifra conservadora alcanzo entre $3 a $5 billones de dólares. Desde aquel entonces, los costos se han elevado aún más. Debido a que casi el 50% de las tropas que regresan cumplen los requisitos para recibir algún tipo de pago por incapacidad, y hasta el momento más de 600.000 de ellos han sido atendidos en instalaciones médicas para veteranos, ahora estimamos que los pagos por incapacidad y asistencia médica en el futuro alcanzarán en total una cifra que se encuentra entre los $600 a 900 billones. Sin embargo, los costos sociales, que se refleja en los suicidios de veteranos (que han superado los 18 por día en los últimos años) y las desintegraciones familiares, son incalculables.

Aún en caso de que Bush fuese perdonando por llevar a Estados Unidos, y a gran parte del resto del mundo, a la guerra con pretextos falsos, y se le perdonara tergiversar el costo de dicho emprendimiento, no hay excusa para la forma en la eligió financiarla. La suya fue la primera guerra en la historia pagada enteramente con créditos. Mientras que Estados Unidos entraba en batalla, teniendo déficits que ya estaban muy elevados por su recorte de impuestos del año 2001, Bush decidió lanzar una nueva ronda de “alivio” tributario para los ricos.

Hoy en día, Estados Unidos centra su atención en el desempleo y el déficit. Estas dos amenazas al futuro de Estados Unido pueden ser remontadas, y no en poca medida, a las guerras en Afganistán e Irak. El aumento en los gastos de defensa, junto con los recortes tributarios de Bush, forman la razón clave por la que Estados Unidos pasó de un superávit fiscal de 2% del PIB cuando Bush fue elegido a su lamentable déficit y situación de deuda de hoy en día. El gasto público directo en dichas guerras, hasta el momento, asciende a aproximadamente $2 billones de dólares, lo que significa $17.000 por cada hogar estadounidense, y existen gastos cuyas facturas aún no se reciben que aumentarán dicha cifra en más del 50%.

Es más, como Bilmes y mi persona argumentamos en nuestro libro La Guerra de los Tres Billones de Dólares, las guerras han contribuido a la debilidad macroeconómica de Estados Unidos, lo que exacerbó su déficit y deuda. En aquel entonces, como es el caso ahora, la agitación en el Oriente Medio condujo a precios del petróleo más elevados, lo que obligó a los estadounidenses a gastar dinero en importaciones de petróleo que de otra manera podría haber sido gastado en la compra de bienes producidos en EE.UU.

Pero en aquel entonces, la Reserva Federal de EE.UU. escondió estas debilidades creando una burbuja inmobiliaria que condujo a un boom de consumo. Se necesitarán años para superar el excesivo endeudamiento y sobreendeudamiento en bienes raíces resultantes.

Irónicamente, las guerras han debilitado la seguridad de Estados Unidos (y del mundo), una vez más en formas que Bin Laden no se hubiera podido imaginar. Una guerra impopular hubiera dificultado el reclutamiento militar bajo cualquier circunstancia. Pero como Bush trató de engañar a Estados Unidos sobre los costos de guerra, financió insuficientemente a las tropas, inclusive negándose a realizar gastos básicos; por ejemplo, fondos para vehículos blindados y resistentes a minas que son necesarios para proteger vidas estadounidenses o fondos para la adecuada asistencia médica de los veteranos que regresan. Un tribunal de EE.UU. dictaminó recientemente que los derechos de los veteranos habían sido violados. (¡Sorprendentemente, el gobierno de Obama afirma que se debe restringir el derecho de los veteranos a apelar ante los tribunales!)

La extralimitación militar de manera predecible a dado lugar a nerviosismo sobre el uso de la fuerza militar, y el conocimiento de otros tienen sobre la existencia ha debilitado también la seguridad de Estados Unidos. Pero la verdadera fuerza de Estados Unidos, en vez de encontrarse en su poder militar y económico, se encuentra en su “poder blando”, en su autoridad moral. Y dicho poder también se debilitó, ya que EE.UU. violó derechos humanos básicos como el habeas corpus y el derecho a no ser torturado, lo que puso en duda su compromiso de larga data con el respeto al derecho internacional.

En Afganistán e Irak, los EE.UU. y sus aliados sabían que para alcanzar la victoria a largo plazo se necesita ganar corazones y opiniones. Pero los errores cometidos en los primeros años de dichas guerras complicaron la ya difícil batalla. El daño colateral de la guerra ha sido masivo: según algunas versiones, más de un millón de iraquíes han muerto, ya sea de manera directa o indirecta, a causa de la guerra. Según algunos estudios, por lo menos 137.000 civiles han muerto violentamente en Afganistán e Irak en los últimos diez años; sólo entre los iraquíes, hay 1,8 millones de refugiados y 1,7 millones de personas desplazadas dentro del mismo país.

No todas las consecuencias fueron desastrosas. Los déficits a los cuales las guerras estadounidenses financiadas con deuda han contribuido tan poderosamente han forzado ahora a que EE.UU. enfrente la realidad de sus restricciones presupuestarias. El gasto militar de Estados Unidos sigue siendo casi igual al gasto que hace todo el resto del mundo en su conjunto, dos décadas después del fin de la Guerra Fría. Algunos de los gastos que se aumentaron fueron destinados a las costosas guerras en Irak y Afganistán y a la más amplia Guerra Global contra el Terrorismo, pero la mayor parte se desperdició en armas que no funcionan contra enemigos que no existen. Ahora, por fin, esos recursos serán reubicados, y EE.UU. probablemente obtenga mayor seguridad pagando menos.

Al Qaeda, no obstante que no ha sido derrotado, ya no parece ser la amenaza que surgía de manera tan importante tras los ataques del 11 de septiembre. Pero el precio pagado para llegar a este punto, en los EE.UU. y en los demás países, ha sido enorme, y en su mayoría evitable. El legado estará con nosotros durante mucho tiempo. Vale la pena pensar antes de actuar.

Joseph E. Stiglitz es profesor universitario en Columbia University, Premio Nobel de economía

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"La vida es como el café: después de molerla, es"
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Una respuesta a Tres opiniones cualificadas sobre el 11-S

  1. rcalber dijo:

    Es que eso de declarar la guerra al terrorismo rechina, tanto como si le declaras la guerra a Al-Qaeda.

    Las guerras se declaran entre paises. Las asociaciones de delincuentes se persiguen con el Código Penal.

    Es como si aqui le declaramos la guerra a Batasuna y mandamos al ejercito a matar a gente por ahi.

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