Tue 2 Jun 2009
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“Lo que el viento se llevó” –la película- se estrenó en el teatro Loews de Atlanta; el alcalde había programado suntuosas celebraciones con desfiles de estrellas en limusinas, miles de banderas confederadas y decorados de falsos porches de columnas de papel cartón evocadores del viejo esplendor sureño. Hattie McDaniel, que sería la primera actriz negra en ganar un Oscar (por su papel de Mammy) fue excluida del festejo por las leyes racistas de Georgia, como el resto de actores negros. El gobernador del Estado declaró día festivo la fecha del estreno y muchos años después el presidente Jimmy Carter recordaría que aquellos días fueron el mayor acontecimiento del Sur a lo largo de toda su vida.
Cuando se estrenó en un Londres bombardeado por la Luftwaffe, fue un éxito descomunal y se mantuvo en cartelera durante cuatro años. A ambos lados del Atlántico la gente amaba aquella película antes de percatarse de que era una rancia celebración de casta y un elogio de la esclavitud: el retablo de un paraíso perdido cuya gracia y armonía dependían de la explotación de los negros. Y sin embargo, hay que estar hecho de acero blindado para no conmoverse con el tema de Tara mientras Scarlett jura que nunca más pasará hambre y la música de Max Steiner evoca jardines de rosas, cielos estrellados y deseos de revancha.
Setenta años después de su estreno, permanece como un arrogante monolito sobre el inane y fragmentado repertorio de Hollywood. El corazón tiene razones que la razón no puede entender, ¿cómo explicar si no la perversa capacidad de atracción sobre los públicos de diferentes épocas y culturas que se identificaron con los sureños racistas?
Cuando se estrenó en Francia –en la posguerra, porque Goebbels la había prohibido durante la Ocupación– los espectadores la vieron como una historia propia de invasión y de supervivencia. Los prisioneros políticos bajo el genocida Mengitsu, en la Etiopía de los 70, encontraban consuelo en las copias clandestinas que un activista había llevado a Amharic. Cada tribu, cada nación, ve en la película su propia historia de resistencia, la victoria de la civilización sobre la opresión, siendo el opresor el que mejor convenga: los yanquis en Estados Unidos, los nazis en Europa, el Terror Rojo en Etiopía o los dictadores en Grecia.
Pero hay otro grupo de entusiastas no definidos geográficamente: se trata de las mujeres que vieron y siguen viendo a Scarlett como una rebelde en contra de las normas cristianas, de la sumisión femenina y de la obligación de ser una señorita decente.
El Norte abolicionista ganó la guerra; pero el Sur racista venció en los corazones y en la fantasía. De hecho, la autora de la novela, Margaret Mitchell, no supo hasta los 10 años que el Sur había perdido la guerra. En su familia muchos lucharon en la Guerra de Secesión y por eso de niña quedó fascinada por las historias que le contaban sus tías. Su madre le mostró un camino rural escoltado por mansiones devastadas y le explicó que esas ruinas eran el emblema de algo que pasó una vez y podría volver a pasar y que cuando todo queda destruido sólo nos queda la fuerza de la mente y la energía de los brazos para salir adelante. «Si buscas una mano que te ayude la encontrarás al final de tu brazo», le dijo. La niña aprendió la lección y escribiría una novela que si de algo trata es de la supervivencia. De cómo algunos sobreviven a la desgracia y otros no. «La gente con cerebro y valor sobrevivirá, pero los débiles serán aplastados», hace decir a un personaje.
Scarlett O’Hara era una jovencita muy parecida a ella misma que, cuando su mundo se desmorona, lucha con la tozudez de una mula y el cinismo de quienes ven en la moral la debilidad de la sesera. Scarlett nació poeta y murió mujer de negocios. Mitchell ganó el Pulitzer de 1937 y se hizo rica y famosa. Había sido una joven provocativa y audaz que escandalizaba a la provinciana buena sociedad de Atlanta leyendo con avidez los libros pornográficos de Havellock Ellis. Su prometido murió en combate en las trincheras francesas de la I Guerra Mundial y Margaret se casó con un atleta americano, violento y celoso, en el que se inspiró para componer a Rhett Buttler. Fue un matrimonio breve y tormentoso. Ella buscó trabajo como periodista en el Atlanta Journal, consiguió columna propia a 25 dólares por semana, se casó con su jefe y empezó a escribir en una vieja Remington un melodrama llamado Lo que el viento se llevó. Su editor Harold Macmillan tuvo que comprar una maleta extra para cargar con el gigantesco manuscrito. El éxito fue tan grande que seis meses después de la publicación había agotado un millón de copias.
La autora se escandalizaba de que, en los abismos de la Gran Depresión, la gente pagara tres dólares por su melodrama.
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Punset, a favor del CERN
http://www.eduardpunset.es/blog/?p=156
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http://blog.iespana.es/droblo/post/161770-c-anecdotas-breves-reales
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Interesante y breve
http://yaestaellistoquetodolosabe.lacoctelera.net/post/2009/04/14/algunas-curiosidades-cientificas
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Reflexión sobre los recortes presupuestarios
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Me encantan los aspectos de la Historia de lo que hoy es cotidiano, como pescar en los mares
http://www.bbc.co.uk/mundo/ciencia_tecnologia/2009/05/090525_1639_mar_historia_estudio_gm.shtml
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Miguel Ángel Mellado: Un equipo de sabios ingleses dio a conocer un plan de ahorro energético ante este tórrido verano. La primera medida, para reducir el uso del aire acondicionado, letal para el medio ambiente, es «pintar las fachadas de blanco», para que reverbere el sol. Ja, ja. Han descubierto la pólvora. En La Mancha, desde siempre, los pueblos no son blancos por coquetería ni se enjalbegaban con cal porque sí.
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Esta es la verdadera nobleza de un animal y no lo que hacen por sobrevivir en los ruedos taurinos:
Perro moribundo le salva la vida a su amo en EEUU
http://www.chron.com/disp/story.mpl/sp/us/6440535.html

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